Los valores humanos

Un hombre va solo por la calle tanteando el rumbo. Con persistencia aplica el oído a las voces de las gentes. Una mujer lleva parecida ruta sin reparar en él, cuando le escucha decir ansioso:
-Jovencito, cree que podría ayudarme a llegar a la tienda El Serrucho, no traigo bastón y no logro orientarme-.
–No, no, que vá tío, eso está muy lejos- es la respuesta. Y el hombre se resigna a continuar a tientas el camino. La mujer se acerca y le ofrece el hombro.
-Yo le ayudo-.
-Gracias, diez personas me han vuelto antes la espalda y usted es mi bendición hoy.

Uno suele creer que historias como estas ya no suceden donde se vive. El invidente que pide ayuda para acercarse a un destino, el anciano que precisa otra mano para el pesado bolso, el limitado físico motor que ansía cruzar la gran avenida rápido, y encuentra negativas a sus pedidos. A veces, vamos rápido por la vida y no nos percatamos de los demás. Es entendible. Pero cuando ellos acuden a nosotros, decir “no”, falla en contra de nuestros mejores votos como seres humanos.

En la mujer de mi historia emergió la solidaridad. Sentimiento que nos hace tender la mano hacia aquel que precise la más elemental ayuda. Mas al negarnos en aspectos tan simples ¿qué podemos esperar si alguien que desfallece de hambre clama por auxilio y la muerte le acecha desde su situación social?

Mucho se habla de la educación en valores de nuestros hijos. Se trata de inculcarles las virtudes más sublimes:

  • La dignidad, el respeto a sí mismo, que no vende los principios, y no olvida el amor hacia el prójimo que es como decir la humanidad toda
  • La solidaridad que comparte el pan, el brazo, las luchas, la responsabilidad con el entorno y nuestros semejantes, que nos hace causa de sus glorias o sus penas
  • Laboriosidad para construir un futuro más justo aunque hoy nos parezca utopía su existencia
  • Honradez, honestidad, para no apropiarnos de lo ajeno ni inventarle excusas al saqueo, capacidad de no juzgar las apariencias, de madurar en nuestros pensamientos, buscar siempre la causa última para acercarnos al detalle de los hechos, para comparar las verdades y ver cuáles santifica el egoísmo y cuáles marca el amor y la justicia social, esa que se rebela contra la pobreza y defiende el derecho de una nación a vivir su destino sin venderlo al mejor postor

La educación en las cualidades fundamentales que más necesita hoy la humanidad, por el respeto que profesan a nuestra raza y al planeta, nace en el hogar, en las relaciones que establecemos con los semejantes, en los productos que consumimos, las noticias que nos elaboran, en las lecturas e influencias que engullimos y nos engullen, en las escuelas. Queremos educar en valores, formar ciudadanos comprometidos con la vida y esperamos que sean otros quienes asuman la responsabilidad, el maestro, el periodista, el libro solo. Queremos milagros, que nuestros niños sean siempre buenos niños. Y dejamos solos a quienes se empeñan en lograrlo.

Porque, a veces, el principal valor que tenemos es la indiferencia. No tiene salud nuestra educación solidaria, aún somos incapaces de unirnos para enfrentar la pobreza, las diferencias que nos dividen en lo social.

Con el paso de los años, aunque aún las canas no me embisten, siento que estimo más a las personas por sus valores humanos que por cualquier otra cualidad que les acompañe. Y no es que unos tengan y otros no. Incluso los más desalmados alguna virtud muestran.

Pero hacen falta todos los valores en la misma persona para salvar el mundo. Un hombre que no se venda al oro, capaz de sacrificar aunque sea un minuto de su día por una buena acción. Al menos cuando yo lo hago duermo más feliz.

Toda educación en valores depende de los intereses que mueven a una sociedad. No se trata de lástima, se trata de dar sin interés alguno, de compartir lo la vida nos concede.

Educar en valores no es enseñar a compartir lo que sobra, al contrario, es dar de lo que se tiene sin escatimar en cuentas y en esfuerzos. Nadie nace amando en esta vida, se enseña a amar dentro de ella mediante el ejemplo. Y cuando no logramos eso, son las grandes crisis, esas en las que todo se pierde, las que unen a los hombres y les enseñan, antes de recibir, a dar.