La impotencia masculina

Se habla de impotencia sexual masculina cuando existe una incapacidad persistente o recurrente para conseguir lograr o mantener una erección suficiente, que permita llevar a cabo una relación sexual satisfactoria. Se establece un límite de tres meses para considerar que no se trata de una situación esporádica sino de un problema o disfunción real.

Son muchas las causas que pueden originarla. Para empezar, los diabéticos tienen una probabilidad tres veces mayor que los no diabéticos de padecerla, debido a mecanismos vasculares, neuropáticos y por disfunción gonadal.

Los problemas de disfunción en la glándula suprarrenal, así como de la glándula tiroidea también son generadores posibles de impotencia. Y a todos estos procesos endócrinos debemos sumar el hipogonadismo (donde existe un déficit de testosterona que se relaciona con la pérdida de líbido y deseo sexual) y la hiperprolactinemia (aumento en los niveles de prolactina en sangre).

La persona con problemas cardiacos o vasculares, del tipo de la cardiopatía isquémica o la hipertensión arterial, también tiene más riesgo de llegar a ser impotente. La hipertensión arterial, produce una disminución en la producción de sustancias mediadoras (neurotransmisores) necesarias para la erección, debido al daño en la capa más interna de los vasos (endotelio). Además, la medicación usada para revertirla (antihipertensivos) son la causa principal de disfunción erectil de origen medicamentoso.

La arteriosclerosis cierra este conjunto de cuadros vasculares, y se relaciona a su vez con la hipertensión, el consumo de tabaco, la hiperlipemia y la diabetes mellitus.

Las patologías neurológicas son otro eslabón de esta cadena, en forma de lesiones en el Sistema Nervioso Central (por Ictus, Alzheimer, Parkinson, cáncer), lesiones medulares (enfermedades degenerativas, traumatismos, hernias discales) o neuropatías.

Los problemas hepáticos que desencadenan cirrosis, así como la insuficiencia renal crónica, están entre otras causas orgánicas.

Pero además de lo puramente orgánico, existen muchas ocasiones donde la ansiedad o la depresión son los desencadenantes de los problemas de erección, así como los conflictos de pareja, el estrés, la baja autoestima, problemas sociales o laborales, trastornos de la identidad sexual, y otros tantos trastornos afectivos.

Otro tipo de impotencia es la disfunción como consecuencia del consumo de fármacos tranquilizantes o antidepresivos (haloperidol, fluoxetina, litio, antidepresivos tricíclicos), de tratamientos hormonales (estrógenos, corticoides, progesterona, flutamida, finasteride), y de otros fármacos como digoxina, ranitidina, anticolinérgicos, metoclopramida, ketoconazol, clofibrato o gemfibrozilo.

Para cerrar los tipos de impotencia, debemos considerar aquellas desencadenadas por intervenciones quirúrgicas (cirugía de la próstata, de pene, cirugía rectal, cistectomía), las relacionadas con la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), con la desnutrición severa, o por consumo de alcohol, cocaína, heroina o marihuana, entre otras drogas.

Al igual que ocurre con otros problemas médicos, la percepción subjetiva del individuo es un factor determinante. De este modo, existen casos donde los pacientes refieren tener un problema y sin embargo la erección es normal y suficiente, mientras que otros consideran que no tienen problema alguno pero a la hora de evidenciarlo si que existe.

La impotencia de origen psicológico tiene tanta importancia como aquella con trasfondo orgánico. Existen ocasiones donde un problema orgánico ocasiona disfunción erectil y eso provoca que el individuo desarrolle una impotencia psicológica secundaria que persiste a veces tras la curación del problema orgánico. Por ello ambas vertientes deben ser consideradas y tratadas por un terapeuta con el mismo grado de atención y rigor.

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