Empinadas montanas

Individuos arriesgados, sin temor a nada, que parecen gozar en situaciones donde la mayoría se quebraría; sujetos que no se compran con “ningún dinero”, insobornables y quisquillosos, así son estos señores del deporte extremo, adoradores del la adrenalina en sangre.

Las reglas

Las reglas las pone la dificultad de la prueba, los agrestes bosques, las empinadas montañas…en complicidad profunda y misteriosa con la naturaleza, los protagonistas de este tours por la liberación de las potencialidades psíquicas y físicas enfrentan el placer de los estados alternos de la conciencia.

Aventureros hasta los huesos o..., hasta los genes

El responsable de esta pasión, que hace la diferencia entre un “adicto al riesgo” y una persona común, sería una versión más larga del gen D4DR, ubicado en le cromosoma 11 y que reúne 4 particulares específicas:

  • Búsqueda de la novedad
  • Persistencia
  • Dependencia a la recompensa
  • No evitación del daño

Pero no es sólo este gen quien determina este ciclo de dependencia a los comportamientos de riesgo, es decir, también interviene una sustancia en la “atracción fatal” por el peligro, la misma llama que incendia a los pendencieros: La dopamina.

La dopamina es una droga endógena, una sustancia que se elabora dentro del propio organismo y que afecta el SNC (Sistema Nervioso Central) operando cambios de humor o desencadenando sensaciones placenteras.

Mente y cuerpo en ascenso solitario

En la familia de los deportes extremos se destaca la “escalada en solitario” que surgió dentro del alpinismo en la Sierra de Guadarrama, donde se entrenaban corredores de pendiente, con obstáculos físicos, nieve, hielo y rocas en escarpadas.

La escalada en solitario es un deporte extremo sólo apto para personas que llevan un entrenamiento progresivo y que han superado determinados niveles. Esto porque un mínimo error significaría la caída del escalador desde más de 20 metros, por rocas cortadas y salientes, desfiladeros en vertical con muchos metros de caída libre, en pocas palabras, la muerte segura.

El dominio de la respiración y la meditación son indispensables en este deporte que involucra mente y cuerpo al servicio del autocontrol del miedo, de las emociones, la respiración adecuada y un pensamiento libre de traumas, es el desafío por el que escala el “iniciado” en este arte gimnástico y preciso de improvisación sin equipamiento ni compañía.

Se percibe entonces un juego de sustancias químicas que repercuten en el estado de ánimo del individuo. Aquí es donde aparecen los buscadores de emociones fuertes.

La práctica de la “ruleta rusa”, donde el “jugador” dispara un arma de fuego, contra sí mismo, haciendo girar el tambor del revólver, con una bala dentro, es una demostración crítica de esta ansiosa aproximación al fin.

Ya estamos en el complejo campo sicológico donde parece inevitable aproximar, este fenómeno de los adrenalínico-dependientes, al interés social, en tanto los accidentes son tan habituales y, en ocasiones tan obvios, que podría decirse que guardan un parentesco directo con el suicidio.

Montañismo en las nubes

La ascensión del Everest es un ejemplo claro de esta “provocación al destino” cuando se conoce que la llamada “Zona de la muerte” es la más difícil porque la temperatura en muy baja allá, hasta el extremo del congelamiento de cualquier zona del cuerpo poco protegida.

El frío extremo hace que el agua esté congelada y por lo tanto todo se torne, en exceso, resbaladizo mientras que el viento sopla a velocidades superiores a los 130 Km/h. Por otra parte la presión sólo permite un tercio del oxígeno habitual en el aire. No se piensa bien con el déficit de oxígeno que, encima de los 5000 metros comienza a afectar los reflejos y la capacidad de tomar decisiones.

203 personas han muerto en el intento de llegar a la cima del Everest, la gran mayoría de los cuerpos permanecen en la montaña porque no se pueden rescatar.

Las víctimas del Everest se ven claramente desde las rutas de ascenso como indicativos inequívocos de que esto no es un juego. Aun así miles de escaladores se acercan al soberbio monte Nepalí y pagan un permiso de más de 25 mil dólares para intentar alcanzar la cima.

Alta velocidad

La pasión fierrera no es lo mismo que la adicción a la velocidad y por lo tanto a las drogas del pánico que se liberan por sí solas en el osado tigre de la ruta. Eso porque hay quien disfruta de los motores, de la potencia, de los estilos clásico de cada modelo y de las motos o carros de calidad.

Bien saben los que hacen “picadas” en motos y que “levantan”, en la aguja del reloj, hasta 300 K/h., que la adrenalina es la protagonista en medio de una sensación de vértigo indescriptible.

Hundir el acelerador en la ruta es una tentación para muchos conductores. Tal comportamiento muchas veces se asocia a estados de ánimo, al reclamo de algún afecto o a desequilibrios temporarios en la autoestima. Sin embargo, el deseo irrefrenable de arriesgar la vida cada vez más, con mayor asiduidad y subiendo el grado de peligrosidad, responde a una dependencia de las sustancias estimulantes o sedantes liberadas por el propio organismo en situaciones límites.

Pero la muerte por accidentes de tráfico, la mayor parte de ellos por irresponsabilidades tales como manejar ebrio, manejar con sueño, no tener el vehículo en condiciones, adelantar en forma incorrecta, etc., están vinculados al factor conocido como “tiempo de reacción”, es decir, condicionado por la velocidad a la que se desplaza el vehículo.

Prácticas “homicidas” se llevan a cabo cada “fin de semana” en la autopista de Bs. As.- Cañuelas donde los conductores sobrepasan hasta tres veces el máximo permitido (110 K/h), haciendo maniobras prohibidas, aterrorizando a otros conductores arriesgando la vida de todos los involucrados para filmar y publicar en Youtube la “necia irracionalidad de sus protagonistas”.

Cuando el juego con la muerte responde a un oscuro deseo enterrado en la cara jamás vista del viviente, allí donde no se explica la vida, ni la esperanza sino sólo un reproche del ser al propio ser, es cuando se sabe de una enajenación más fuerte, incluso, que el instinto de sobrevivencia.

Las ebriedades y excesos de la mente y del cuerpo son experiencias válidas siempre que su potencia no sesgue la opción a otras muchas experiencias futuras y que no recaigan en el abuso de poner en riesgo la vida a otras personas.

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