Vida despues del divorcio

Confucio decía: “Voy despacio porque voy apurado”. El apuro en encontrar un camino, en el cual su tránsito nos dé la sensación de estabilidad; nos hace destrozar las agujas del reloj. Apuramos el tiempo aunque paradójicamente desearíamos que no pasara. Que pasen los sufrimientos, sí; pero no el tiempo. Y el paso del tiempo es irrefutable y ese andar ligero en la búsqueda, hace que el apuro sea un ir y venir sin haber avanzado en absoluto.

¿Es nuestra infelicidad la inconsciente negación a despegarnos de nuestro pasado; de no saber cómo enfrentar lo nuevo que el destino nos ha deparado?

Los cambios bruscos siembran temores, como así también los problemas se transforman en realidad; y muchas veces no nos sentimos preparados para admitir esa realidad.

Y no caminamos. No caminamos, porque el apuro desmedido en buscar un lugar en este mundo nos priva de conocimiento y sabiduría para encontrarnos a nosotros mismos. Deberíamos ir despacio, pero sin detenernos, jamás.

Los sentimientos reprimidos durante tiempo, van contaminando nuestro cuerpo, lo van transformando en rencores, comienzan a descomponerse y su olor invade nuestro espíritu y carcome nuestra alma. Si no los expulsamos a tiempo puede que un día busquemos nuestra alma y ya no la encontremos, porque habremos dejado de ser nosotros, tal vez nos transformemos en algo que cuando miremos atrás ni siquiera lo reconozcamos y tampoco comprendamos cómo pasó ni cuando pasó. Perdemos las referencias de tiempo.

Cuando estemos en el medio del océano y no veamos el horizonte, aún estamos a tiempo de alzar en lo más alto nuestros temores, ideas, miedos, rencores, odios. Alzarlos y quitar todo tipo de mantas o tapujos sin miedo a que todo se desmorone y caiga hecho pedazos. Nunca es tarde para volver a construir.

No ser uno más. Lo del montón es para quienes nunca terminan lo que empiezan. Y los mediocres estarán siempre para criticar, porque esa es su esencia y su castigo. Son incapaces de hacer algo, toman lo ya hecho para criticarlo. Menosprecian el talento del virtuoso para que la brecha que existe entre ambos parezca menor. Son como la ninfa griega Eco, eterna enamorada de Narciso, que fue condenada de por vida a sólo poder repetir lo que decían los demás.

Es difícil el camino, nos sentiremos muy solos, asustados, pero como decía Nietzsche: “ningún precio es demasiado alto al privilegio de ser uno mismo”.

Cuanto más miramos en lo profundo de nuestra vida, más hundimos nuestra vista en el dolor. Pero el valor mata incluso a la muerte. Y el valor debe ser nuestra virtud. Virtud, de la acepción latina “vir”, que significa “fuerza”. Fuerza para que nuestro valor se anteponga frente a todo y tengamos la sapiencia de caminar despacio… porque estamos apurados.

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