Divorcio responsable

Resulta complejo hablar de un tema como el divorcio sin entrar a analizar aspectos complejos y profundos de la sociedad y los seres humanos. Es muy habitual encontrarse con afirmaciones como “un divorcio no es un fracaso” ó “todos los padres se divorcian” y, no es una exageración tampoco reconocer que, socialmente, el divorcio se ha transformado en un signo de progreso. Las civilizaciones occidentales adquirieron un alto grado de bienestar cuando el divorcio se legalizó. Multitud de parejas, padres, madres y, sobre todo, hijos, lograron evitar grandes sufrimientos propios de los matrimonios sostenidos sin razón.

Proceso doloroso

Sin embargo y, a pesar de tener muy claras y presentes las virtudes de esta figura legal, lo cierto es que una ruptura de pareja es una de las experiencias más difíciles, complejas y dolorosas a las que se enfrentan los seres humanos, por lo que conviene no perder el centro del tema y no trivializar con ello.

Cuando se produce una ruptura de relación de pareja, sentimientos como el fracaso, la negación, la rabia, la culpa y el miedo, se apoderan de las partes y, si existen hijos, los sentimientos mencionados se exacerban con motivo del dolor que emana de los niños.

Conviene, a fin de no perder la perspectiva de la situación que describimos, hacer una analogía entre una separación o divorcio y una pérdida.

Si bien es cierto que el proceso puede llevarse a cabo de mutuo acuerdo y que esté más que comprobado que la armonía y equilibrio no pueden ser logrados permaneciendo juntos, existe una pérdida implícita que provoca sentimientos muy profundos, similares a la elaboración del duelo y que atraviesan las mismas etapas, con el agravante de sentir y saber que el otro/a continúa haciendo su vida, lejos de nosotros y lo que una vez fue un proyecto de vida.

Inicialmente, negación, caos, rabia, culpa, soledad, alivio y normalización, son etapas que se suceden mientras se produce el cambio reduciendo los niveles de autoestima y confianza y produciendo modificaciones estructurales en nosotros mismos, como resultado de la lucha contra la sensación de pérdida y fracaso.

En un escenario como este, caer en la depresión, victimizarse y culpar al otro, son errores comunes y habituales que, a pesar de reflejar una parte de la realidad, son constantes en un proceso de separación.

La sociedad gran enemiga

No debemos olvidar que ancestralmente, la convivencia hombre-mujer-hijos, se ha presentado en sociedad como la “forma ordenada de vivir”, los núcleos familiares transmiten equilibrio y éxito y, no es nada extraño comprobar como el entorno se vuelve hostil ante cualquier situación que se salga de dicha norma de convivencia. Por muy aceptado que esté y, muy beneficioso que resulte en algunos casos, es indudable que una separación es un fracaso, un proyecto de vida inconcluso que conlleva cambios estructurales que analizados como elementos pragmáticos, obligan al reajuste de una vida ya establecida.

Así, los cambios de hábitos cotidianos, vivienda, situación económica y relación con los hijos, pueden llegar a ser especialmente problemáticos, en especial para la parte que vive la pérdida sin haberlo querido jamás.

Superar el divorcio, cuestión de tiempo

Para llevar a cabo el proceso de forma sana y ser capaces de salir de la situación lo más indemnes posible, especialmente cuando hay hijos dependientes, conviene aceptar desde el principio que un divorcio es una pérdida.

  1. Una pérdida siempre implica un dolor y aunque sea un dolor necesario, debemos aprender a aceptar todas las emociones que sentimos, muchas de ellas no serán positivas, pero forman parte del proceso de cambio que estamos enfrentando
  2. Hablar del divorcio ayuda a exteriorizar pensamientos y emociones. El hecho de expulsar hacia fuera lo que se siente implica automáticamente una apertura a ver más allá de nuestro propio dolor y comenzar a entender la razón de las situaciones que estamos viviendo. No se reprima, llore, exprese, hable, no tema ser negativo en sus exposiciones, ningún sentimiento negativo va desaparecer por no hablar de él y, exteriorizarlo ayuda a la sanación
  3. Hacia delante y hacia atrás, es así como se sentirá por varios meses. Los procesos de elaboración de un duelo por pérdida, llevan implícitos la ambigüedad al tratarse de manejar las emociones. En ocasiones podrá sentirse mejor, aliviado y en equilibrio, pero es normal que vuelvan a producirse recaídas
  4. Tenga muy presente que existen dos vertientes distintas que no deben estar mezcladas; por un lado están los recursos prácticos para continuar con una vida que, simplemente, cambió. Mientras que por el otro, se encuentran las emociones que son precisamente las que más frenan a la hora de enfrentar el cambio inherente al divorcio
  5. No se pregunte por qué. Si bien es cierto que todas las situaciones acaecidas en nuestras vidas tienen un por qué, el mismo no siempre aparece claro delante de nuestros ojos cuando nos hacemos esta pregunta
  6. Permítase vivir el dolor que está sintiendo y viva su proceso mientras camina hacia su nuevo comienzo, el por qué, aparecerá cuando menos se lo imagine y, sobre todo, cuando haya dejado de doler
  7. Culpa y miedo, enemigos en el proceso. Como buenos sentimientos limitantes, la culpa y el miedo bloquean a los seres humanos en cualquier proceso de cambio. Debe saber que están ahí y que frecuentemente harán acto de presencia como parte del proceso, no los niegue, únicamente trabájelos, transmútelos y aprenda a vivir con ellos

Los hijos, grandes perdedores

Entramos en la arista más delicada y seria del divorcio. Una situación proveniente de la incapacidad de mantener una convivencia de dos adultos, que tiene como principal efecto colateral el dolor de los hijos.

Si analizamos el hecho desde el punto de vista de los hijos, estamos ante una situación en la que todo su mundo se viene abajo, el núcleo familiar se desintegra y, demasiado habitualmente, se ven en medio de una lucha descarnada entre las partes en la que éstas, los someten constantemente a conflictos de lealtades sin tener en cuenta sus sentimientos.

Es muy habitual que padre y madre, sumidos en su propio dolor, hagan parte a sus hijos de temas de pareja que únicamente atañen a los adultos y que los hijos no debieran saber, por su propio bien y equilibrio emocional.

Como premisas básicas a la hora de enfrentar un divorcio en el que existen hijos, es importante tener en cuenta que, para los hijos el divorcio es, siempre, un dolor muy grande.

Los padres están obligados para trabajar juntos en relación a los sentimientos de sus hijos, prestar las herramientas necesarias para que sus hijos aprendan a sortear las inevitables dificultades que se producen de un proceso que afecta a su desarrollo emocional y psicológico.

Es importante tomar decisiones serias y basadas en el bienestar de los hijos en lugar del bienestar del padre o la madre.

Con independencia de leyes, jueces y abogados de familia, sería recomendable que evaluaran que situación es más propicia para ellos, custodia, visitas, residencias, cambios de colegio, etc.

Es muy importante que las reuniones en las que se traten temas de familia y, específicamente relacionados con los hijos, se realicen juntos. Se debe explicar a los hijos que la falta de amor de los adultos no se extiende a ellos y, sobre todo, debe demostrarse que es así y que cada una de las partes, está dispuesta ha hacer lo imposible para que ellos estén bien.

Es importante que los hijos se expresen libremente y no se debe olvidar que ambos vínculos son completamente distintos e independientes, mientras uno es voluntario y por lo tanto susceptible de deshacerse, el otro no lo es y bajo ninguna circunstancia es admisible que se trate de forma arbitraria y en pos del beneficio propio.

La edad, un factor determinante

Los hijos necesitan un periodo de aceptación de la realidad, es importante tener en cuenta que, para hijos de hasta cinco años se debe exponer la situación con, al menos, una semana de antelación a producirse la separación física, para hijos de hasta ocho años, con uno o dos meses y para hijos mayores de esa edad con más antelación. De esta forma se estará permitiendo al niño que se acople a su nueva realidad con anterioridad a que se produzca y sea el proceso de transición un aliado para su dolor.

Nunca se debe olvidar que, somos responsables de nuestros hijos e idealmente, nuestras circunstancias de vida no deben interferir ni condicionar la de ellos.

Como recomendación final, no dude en acudir a un profesional si observa que no pueden llevar a cabo el proceso solo, pidan ayuda antes que la situación interfiera de forma irreversible en el desarrollo de sus hijos.

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