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Monumento al inmigrante en Lousiana - Flickr.com

En general, los movimientos migratorios tienden a compensar sus “cargas” de necesidad y absorben con solvencia cualquier daño implicado. Las ventajas que ocasiona la disponibilidad y oferta de mano de obra barata, así como la carga cultural y social, que aloja el inmigrante en el país huésped parecen sobreponerse a cualquiera de los problemas alegados como perjudiciales.

Se escuchan quejas como las que hablan de la necesidad de fortalecer los sistemas de salud y los servicios sociales o de la competencia desleal que el inmigrante ofrece con respecto a los ciudadanos naturales al trabajar por menos dinero y “en negro”, es decir, sin exigir los aportes sociales.

Pero esa entropía, ese desorden, esa pérdida que marca el alma con soledad y nostalgia del que dejó su terruño a miles de kilómetros se traduce en movimiento económico y esto aparece positivamente en el flujo económico regional.

También el fenómeno migratorio compensa la ausencia del “que se fue” en el país de origen ya que al ausentarse tanta gente, disminuye el desempleo y aumenta la producción, por el menor consumo, contando además con millones de euros o dólares por año en remesas que los inmigrantes mandan e sus familiares.

Las olas migratorias responden siempre a un imperativo comprensible: Personas que buscan mejorar sus condiciones de vida. Dentro de este tema, el vínculo entre el lugar de nacimiento y la persona es comprendido como un nexo indisociable tan sólo moderado y relativizado por el fenómeno migratorio.

El flujo de personas que van y vienen es un suceso estudiado por la demografía y toma en cuenta el origen y destino de estos movimientos de población, las causas y consecuencias derivadas del proceso.

En este orden de causas y consecuencias, la demografía se precia evaluando estas últimas desde sus perspectivas positivas y negativas en vista de potenciar las ventajas y minimizar los problemas inherentes al corrimiento demográfico.

Ahora bien, este análisis de circunstancias favorables y desfavorables, debe estudiarse en ambos extremos del recorrido, es decir, las modificaciones que este corrimiento opera tanto en el contexto de origen de la población como en el marco social del país donde que se inserta.

Se entiende que las causas pueden ser de tipo:

  • Político
  • Cultural
  • Socioeconómico
  • Familiar
  • Desastre muy grande
  • Guerra o conflictos entre naciones

A grandes rasgos se puede hablar de olas migratorias que se han observado en diferentes épocas.

Los desplazamientos primitivos

Los movimientos migratorios de la prehistoria se han producido fundamentalmente por asedio de otros pueblos o animales feroces, plagas o epidemias, por cambios drásticos en el clima o por falta de alimentos.

Es bueno recordar que los clanes primitivos eran nómades, no tenían un lugar fijo, por lo que su desplazamiento en busca de recursos fue constante y determinante para el intercambio de culturas y en función del poblamiento humano del planeta.

En términos socioecómicos, muchos autores y sociólogos como Carl Marx, Auguste Comte, Emile Durkhëim, entre otros, coinciden en que antiguamente las sociedades se organizaban en formas primitivas de comunismo donde imperaba una conciencia colectiva.

Durkhëim responsabiliza al crecimiento de la población como el condicionante que determina la estructura social, mediante la división del trabajo.

El aumento poblacional de una comunidad lleva a la necesidad de asignar diferentes funciones a sus miembros para trabajar como un organismo complejo. Esta asignación de roles específicos terminaría en la especialización: La gama actual de nuestros profesionales.

Las primeras manifestaciones del comercio pactado en el “trueque” o intercambio de mercancías se desarrollaron en este oscuro y prolongado período prehistórico que comprende los paleolíticos, mesolítico y neolítico hasta después de los asentamientos en la Mesopotamia.

Con el paso del tiempo las Ciudades Estados se vuelven imperios y así las conquistas y deportaciones se convierten en nuevas formas de distribución involuntaria o migración forzada de poblaciones. Un ejemplo pueden serlo las consecutivas deportaciones del pueblo judío a Babilonia hacia el año 500 a. de C. durante el reinado de Nabucodonosor II.

La esclavitud era también una práctica habitual a la que se sometía a los prisioneros o pueblos conquistados. La necesidad de mano de obra sigue estando hoy ligada a formas de dominación en sus relaciones con el poder.

En la América precolombina la existencia de pueblos indígenas en el continente supuso el hecho de migraciones prehistóricas desde Eurasia. La hipótesis del traspaso a través del Estrecho de Bering, por Alaska, aprovechando el congelamiento de las aguas del canal, se ha convertido en la explicación más aceptada.

En este sentido existen algunas coincidencias que podrían estar vinculando a los mapuches del sur americano con los griegos, a juzgar por ciertos deportes de balón. Así también parece contundente la presencia de genética mongoloide en la sangre indígena amerindia que volvería a hacernos considerar la teoría del cruce intercontinental por Siberia, de acuerdo con el Consenso de Clovis, de la llegada del hombre a América hace unos 14 mil años.

El colonialismo del siglo XVI

Después de la expansión turca otomana y el cierre, a los comerciantes europeos, del paso a Oriente por Constantinopla, en el año 1453, tras la fiebre de los navegantes europeos y el descubrimiento de América, tomó cuerpo uno de los movimientos migratorios más importantes de la historia: El colonialismo europeo.

A diferencia de la colonización presente, por dar un ejemplo, en la expansión de griegos o romanos, el colonialismo hace una explotación de la población doblegada. No hacían esto las civilizaciones europeas de la época helenística o clásica que, por el contrario, respetaban a los pueblos colonizados otorgándoles los derechos de todo ciudadano del imperio, sin esclavizarlos ni explotarlos. Muy diferente fue la actitud socio-política-económica de los reinos europeos colonialistas del siglo XVI en perjuicio de los pueblos amerindios.

Basta observar la influencia política que toma un Carlos I, Rey de España, al asumir en el 1520 como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el nombre de Carlos V., para imaginar el volumen de las riquezas usurpadas desde las entrañas de la rica América andina, explotada por la propia mano del indio esclavizado.

La economía metalista de la corona española le permitió un efímero esplendor, leve en comparación con la economía productivista inglesa, que en poco tiempo despojó a la Península Ibérica de sus “botines de guerra”: El oro y la plata.

La gran mixtura de razas, en América, le otorga una dimensión multicultural signada por la riqueza en materias primas y la presión expropiadora y constante de los intereses imperialistas de Inglaterra y Francia, cuando no la mano burda del colonialismo ibérico que trajo su legado cultural por medio de “la cruz y la espada”.

La inserción “morena”, por otra parte, no se debió a una inmigración voluntaria de población africana al suelo americano sino a una emigración forzada a punta de bayoneta. En tiempos de conquista y colonia, los portugueses y españoles, capturaban naturales africanos para usarlos como fuerza de trabajo comerciable, esclavizada, y los traían en los barcos trasatlánticos del siglo XVI. En Centroamérica, Colombia, Ecuador, Brasil, Uruguay y otras partes del continente, las mezclas comprometen a europeos, indios americanos y africanos, expandiendo una rica síntesis genética, religiosa, cultural.

Continúe leyendo la segunda parte de La historia del Inmigrante.

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