H1N1
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Comentarios imprudentes a propósito de los inmigrantes latinoamericanos por parte de periodistas “no profesionales”, en programas estadounidenses han impulsado una reacción de protesta por parte de los organismos y asociaciones que intentan proteger a los hispanos discriminados en el extranjero.

Esta cuestión ya tiene historia en zonas fronterizas como el norte de México que limita con los EE.UU. donde la población estadounidense empieza a mostrar claros rasgos de racismo y desprecio social, atribuyéndole a los “indocumentados” la responsabilidad de todos los problemas de la nación.

Cuando la gripe porcina se introdujo en los EE.UU., en el 2009, cundió la opinión de que eran los inmigrantes mexicanos los que habían traído el virus. Si bien no se manifestaron actos xenofóbicos atribuidos directamente a la dispersión de Gripe H1N1, sí se constató un crecimiento en la violencia contra latinos. Esta violencia manifiesta contra los inmigrantes a quienes los tildan con nombres innombrables es consecuencia de esa barrera cultural inventada pacientemente por los poderes reinantes y que les permite la ventaja de tenernos aislados entre nosotros mismos, los pueblos de la tierra.

Profundizar respecto a las asperezas entre el “vecindario” latinoamericano, quizá desde una perspectiva histórica del expansionismo liberal, es una postura inteligente y que tiende abiertamente hacia la resolución de este obstáculo de integración latinoamericana.

Pueblos hermanos enfrentan hoy debilitando su capacidad de convertirse en la “Unión de Repúblicas Latinoamericanas ”, bloque que contendrá las diferencias culturales necesarias para vestir el mundo con un traje heterogéneo, de mil colores, para extender la biodiversidad hacia la diversidad cultural y para aprender que el olvido de esa integridad desmenuzada, es una mentira que duele.

La lógica, en cambio, esa que no admite la gama de diferencias, que reduce todo al binario código de ver y no ver, de cero y uno, de ying y yang predice que a partir de unas señales se puede expresar y comprender “todo lo que hay”.

Debe tenerse en cuenta, dado los efectos colaterales de una infección como la gripe, que puede estar usándose precisamente este recurso de las “enfermedades contagiosas” para “discriminar” poblaciones y paralizar sus economías en esta guerra entre empresarios “culpables” e “inocentes”.

La propagación de una pandemia o, al menos, de la noticia de que existe posibilidad de contagiarse corre, más de prisa que cualquier virus, por los medios humanos de información colectiva. El efecto puede ser fatal para una nación si se la identifica como foco de contagio y se la aísla en lugar de cooperar con ella.

La caída en la exportación mexicana de carne de cerdo y de otros productos relacionados evidencia el daño que una “información a medias” puede causar en la economía de una nación. Se denunciaron “actos discriminadores” en Holanda, en Argentina se suspendieron las importaciones de carne porcina venida de México y la ola llegó hasta el otro lado del planeta.

La ONU acusó a China de cometer actos de segregación con mexicanos por miedo al contagio, mientras que el presidente de México, Felipe Calderón, se “resintió” con la decisión de restringir los vínculos aéreos con México, decisión recientemente tomada por Cuba.

La frontera con EE.UU.

La existencia de estos juicios apriorísticos entre poblaciones vecinas, más aun cuando una de ellas ha dejado constancia de su “militarizada forma de arreglar las cosas”, es un problema candente que no debería existir pero que está patente a lo largo de los 3326 kilómetros de frontera en México y EE.UU., y en los núcleos latinos dentro de las grandes urbes estadounidenses que atraen a los inmigrantes que buscan formas más dignas de ganarse la vida.

Punto crítico de esta paradójica permeabilidad–desencuentro, entre las culturas aztecas hispanas y las anglosajonas es la ciudad de Juárez, en Chihuahua, que protagoniza una violencia inusitada, que viene acompañada de un morboso y aterrorizante femenicidio que lleva ya varios cientos sino miles de mujeres jóvenes ultrajadas, mutiladas y torturadas.

Aunque también existe un pasado histórico que nos recuerda la guerra de México con EE.UU. En el año 1846 debida a la primera intervención del país anglo en tierra azteca que al otro año se concretaría con la entrada del general Winfield Scott, en la capital mexicana. Pero la guerra se recrudece en el 1848 debido al menoscabo y abuso contra México sintetizado en el Tratado de Guadalupe Hidalgo en que, por una suma de 15 millones de dólares, México cedió 1,36 millones de Km2.

La “discriminación” que se hace “carne” en la línea divisoria México-EE.UU. es la que oprime a los mexicanos indocumentados, pobres en recursos y mal conceptuados desde el punto de vista laboral. La ejercen, no sólo los norteamericanos, sino que, con cierta saña, los propios mexicanos americanos que están trabajando legalmente en la región.

Esta realidad demuestra que la base de estas actitudes segregacionistas deviene de una grieta cultural ante la que se reacciona sin profundidad ni reflexión ya que el sistema total produce desigualdades y atrofias en sectores pobres que buscan sobrevivir compensando la falta de inserción laboral y pobreza de capital humano mediante actos delictivos o la prostitución.

Es correcto entonces saber ver las diferencias pero siempre esta observación, si se quiere obtener una cohesión interna, una integración de sectores y el camino hacia reencuentro, vaya acompañada un compromiso con el resto del sistema, una sinergia productora de orden donde todo tiene un lugar y desempeño perfecto.

Esto puede comenzar por aproximar las culturas y minimizar sus diferencias culturales como por ejemplo en lenguaje, un verdadero muro de contención a las clases sin posibilidades de estudiar idiomas.

En este contexto surgen poblaciones monolingües, que sólo manejan inglés o español, y otras bilingües, que dominan ambos incluso algún idioma adicional. Las barreras idiomáticas pueden convertirse en núcleos de curiosidad y coincidencias si se piensa en una fusión de culturas en lugar de compatibilizar con los puristas del idioma.

Otro fenómeno lingüístico que acompaña estas inmersiones de unas culturas en otras y que tiene que ver con los la integración de formas de vida, es el “spanglish”, un inglés españolizado que hace lo que los anglicismos implementan en la lengua castellana.

Otros rasgos culturales también se emplean como signo de discordia. Es el caso de los gustos musicales. En tanto los mexicanos adoran el rock and roll, los mariachis, la música tropical mientras que los llamados mexicanos americanos consumen música en inglés, tejana y del norte de México, preferentemente.

Las diferencias se hacen más notorias en la frontera, por la proximidad de ambas idiosincrasias y a este conjunto corresponden las ciudades de San Diego, Tijuana, Otay Mesa, Tecate, Calexico, Mexicali, Andrade, Los algodones, San Luis, San Luis Río Colorado, Lukeville, Sonoita, Sasabe, Nogales, Naco, Douglas y Agua Prieta solo en los Estados de California, Arizona y Sonora. Faltan todavía las ciudades de los Estados de Chihuahua, Nuevo México, Texas, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas.

Una extensa franja multicultural, donde hay sangre azteca, española, mexicana, africana y de hasta de indios norteamericanos del sur del país. Sería más productivo aprovechar estas regiones de intersección internacional para acercar las naciones a intereses comunes sin explotaciones, ni abusos de por medio.

Las fuerza de los pueblos unidos es la flaqueza del poder aristocrático de la burguesía empresarial y monopólica; la facilidad de crear problemas entre las naciones vecinas es su mayor aliada, la fragmentación entre los pueblos es el único freno a una idea defensiva madre y señora de Latinoamérica. La región reclama este tipo de políticas que distingan los frentes genuinos de acción y protejan a sus ciudadanos como si fueran una sola familia.

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