El proceso de duelo
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Hablamos de los duelos, de los dolores, de los dolores del alma. Hablamos de las rupturas, de los quiebres vitales de los cambios dolorosos e impuestos… hablamos de las crisis. Proceso del duelo por perdida de un ser querido, sin olvidar los diferentes criterios dentro de la escala de dolores -tipificados por convivencia, roce y co partícipes del proyecto de vida- , en sus etapas y en los sentimientos que se viven mientras dura el proceso.

Sea previo al momento, dando la posibilidad de ir aceptando la muerte y la pérdida día a día en el corto plazo o sea repentino sin permitir un acople a la nueva situación, lo cierto es que hay un momento en el que todo termina, hemos enterrado o incinerado a nuestro ser querido y nos damos la vuelta para volver a casa… volver a casa.

Ahí comienza el duelo, la exaltación de la adrenalina de las últimas 48-72 horas comienza a desaparecer, nos sentimos repentinamente cansados y especialmente abatidos y de pronto… ahí está, es la soledad, el vacío que la pérdida de esa persona aporta a nuestra vida.

Un profundo dolor del alma atraviesa todo nuestro ser mientras comprendemos que “nada volverá a ser como antes”.

En ese proceso, los episodios de ira, explosión, maldición del ser amado por abandonarnos y rechazo profundo por la vida en general ; por las creencias acumuladas, las expectativas creadas, los proyectos frustrados, etc., se combinan con momentos de pena profunda en la que es la soledad y el vacío quienes se manifiestan.

“El tiempo todo lo cura” es una muy buena expresión, sin duda acertada ya que, a medida que transcurren los días en los que nuestro ánimo aterran los episodios de ira con la pena profunda, nos vamos acostumbrando y vamos aceptando esa realidad (es una cuestión de supervivencia, irracional e inexplicable inherente a los seres humanos como raza) y, por lo tanto duele menos.

Sin embargo, esa aceptación nos produce una verdadera, profunda y patológica pena vital y, corremos el riesgo inminente de convertirnos en procesos de duelo permanentes en los que es la propia persona que, perdida entre la influencia del dolor y la soledad y principalmente, la no aceptación de la realidad, fomenta, expande y hace de su vida un dolor permanente.

Hay que vivir el duelo, llorar, renegar, repudiar, odiar, enfadarse, romper con las creencias, con lo arraigado, con lo que “creímos” era representativo de la “seguridad, y mientras rompemos con todo hay que ver qué hay; qué queda... esa mitad que se ha quedado vacía con la marcha de nuestro ser querido, quien es esa mitad de persona y como se puede fusionar con la que llora su duelo para ver nacer una nueva persona.

Desde mi experiencia vital, hay que desear que el duelo termine, no que deje de doler o que duela menos, sino que termine, hay que permitirse que la vida entre de nuevo en nosotros mismos, hay que comenzar a caminar el camino que nos tocó y abrir las puertas al nuevo destino que nos espera.

Doler… duele y mucho, tanto que desgarra pero… hay que seguir, nuestro proceso vital no terminó, de ser así nos habríamos ido nosotros y no nuestro ser querido- el nuestro no terminó, tenemos que vivirlo… Es necesario permitirse ver qué es lo que nos trae la vida… de nuevo.

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