Tráfico de personas
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-Mañana a esta misma hora van estar muertos-. Si hubiese escuchado yo esa sentencia hallándome en tierra extraña, enclaustrada por días en la habitación apartada de un lugar cualquiera, semidesnuda, golpeada, aterrada de mi suerte, con frijoles casi crudos de comida y el recuerdo de mis seres queridos a flor de piel, que quizás nunca más les vea ni sepan de mí, y con la exigencia de 10 mil dólares antes de que termine el día sin nadie que pueda asumir tamaña deuda, probablemente la desesperación más cobarde se habría adueñado de mí.

Los hombres que vivieron esto, son coterráneos míos, cubanos. Negociaron con individuos dedicados a trasladar personas de Cuba a Estados Unidos por 10 mil dólares. Es cosa común esas cifras por estos lares. Lanchas rápidas suelen aparecer con puntual regularidad en aguas cubanas para transportar gentes.

La ida no es gratis. Familiares en Estados Unidos de quienes se montan, pagan por adelantado todo o una parte del capital. Otros, depositan cuando les ven llegar sanos y salvos. Ya muchos nefastos casos se conocen de los que en alta mar quedan a meced de olas y tiburones porque el trayecto les quedó “muy grande para costear”.

A algunos el “sueño americano” les incita a no contar siquiera con su familia. Montan la lancha y encuentran que el hermano, el padre o el primo, no tiene con qué pagar allá o debe utilizar los ahorros de muchos años para salvarle la vida.

Otros, ni siquiera tienen quienes cubran sus deudas y esperan que, al decir “nunca tuvimos el dinero”, la buena suerte o la resignación de sus transportistas les permita seguir adelante.

Les pasó así a los hombres de mi historia. Les llevaron a México para asegurar la transacción económica. Les pidieron números a los cuales llamar. Un hermano en Estados Unidos apenas pudo aunar cuatro mil dólares y su familiar fue el menos maltratado.

Los demás no tenían a quien acudir. Y la tortura, el secuestro, y la amenaza, les aderezaron sus días de desaparecidos. Un papel surcó una ventana pidiendo ayuda. La policía mexicana llegó un día antes que la muerte. Hoy están en Cuba.

Ahora, unos juran no querer jamás partir del lado de sus mujeres y sus hijos. Quieren verlos crecer. Otros, aseguran que si no es por vía legal no salen del país.

En sus cuerpos se alojan marcas de nudillos, navajas filosas, e hierros. Una mirada de perfil descubre la oreja picada de uno de ellos. En sus mentes yacen traumas y recuerdos de los gritos, sollozos, e imágenes de sus compañeros extenuados por los golpes.
En Cuba es raro encontrar un ajuste de cuentas. Conlleva eso a creer, a veces con demasiada ingenuidad, que el olvido de deudas, la impunidad del deudor, o la lástima, son rutinas usuales de quienes trafican con personas.

Considerado uno de los más rentables negocios del siglo 21 se estima que, anualmente, produce entre 10 mil y 12 mil millones de dólares. De países en desarrollo hacia economías más avanzadas, de Latinoamérica a Estados Unidos, de África, regiones del Asia y Europa del este hacia Europa occidental.

El tráfico exhibe tarifas y servicios profesionales que se cumplen según la seriedad de la red y el saldo del pago acordado. El destino, la distancia y su demanda pueden encumbrar un traslado de los 500 a los 50 mil dólares por cabeza. Muchos niños y mujeres suelen encontrar la esclavitud o prostitución forzosa que exigen las deudas ante tan “grande favor”.

Es el tráfico de los sueños, la succión de la esperanza, el carruaje al infierno de miles y miles, la segura muerte de quienes no tienen para pagar, el negocio de las almas, y el dolor infinito por lo que quedó lejos y quizás nunca más se verá

Ahijado de la pobreza es el tráfico de personas. Engendro de las diferencias económicas y sociales entre los pueblos, de las políticas neoliberales, de los gobiernos vendidos al capital, de los bloqueos y los muros.

Es el ventajoso trabajo de mucha gente que defiende sus arcas colmadas o no. Es el comercio que no podremos evitar, por muchas leyes que vengan, porque para ello habría que distribuir los millones de cientos y anular la pobreza de millones que creen en un paraíso terrenal ubicado en otras tierras, gordas de saquear el propio suelo del que huyen, con el mercado, el consumo, y el nocivo intercambio desigual que les deja sin garantías cuando, desesperados, intentan cruzar.

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