Economía e inmigración

Es inevitable que cada quien tome partido en relación a la inmigración, un tema con tanta presencia en los medios de Estados Unidos y, ciertamente, con claras repercusiones en la vida diaria de muchos de sus habitantes. Si bien a lo largo de la historia este país ha recibido innumerables olas migratorias, las cifras señalan que hoy en día hay más indocumentados en esta nación que en ningún otro momento –se cree que había 11 millones en el 2005– y la mayor parte de ellos son de origen latino.

Siendo este un tema tan propenso a la demagogia y a la manipulación política, es de esperar que ocupe un espacio importante en la opinión pública y que genere una división que a veces puede ser extrema y que, casi siempre, resulta inútil.

Es evidente que cada país tiene el deber de proteger a sus ciudadanos, sin embargo no hay que olvidar que todas aquellas familias que hoy se consideran 100% americanas fueron, alguna vez, inmigrantes. ¿Cómo es que una nación relativamente joven, formada por gente proveniente de muchas naciones, de pronto asume una posición tan rígida respecto a sus fronteras? ¿En qué momento los estadounidenses adquirieron el derecho de elegir a quién se le permite formar parte de esa nación y a quién no?

Definitivamente se trata de un asunto complejo que requiere una legislación adecuada, la cual permita regular el impacto del crecimiento demográfico ocasionado por la inmigración; no obstante, sería conveniente para todos que el sistema pudiera ser reformado de modo tal que este se convierta en un proceso legal, seguro y ordenado, que refleje las necesidades de la sociedad americana, que se adapte convenientemente a las demandas del comercio y la industria, y que no ponga en riesgo la seguridad nacional.

Cabe señalar, además, aquello que el debate muchas veces pierde de vista y que representa el aspecto más importante de este problema: el factor humano. ¿No es más importante preocuparse de la salud y de la calidad de vida de las personas en vez de dedicarse simplemente a registrar en qué medida la inmigración perturba a algunas personas? ¿No es preferible discutir sobre la forma de contribuir a la integración en vez de levantar la voz exigiendo erigir un gran muro entre Estados Unidos y México? Si los estadounidenses aman tanto su libertad, ¿por qué no permitir que todos los que respetan y desean su estilo de vida puedan disfrutarlo también?

Finalmente, en medio de tantas discusiones vanas sobre la inmigración latinoamericana, muchas veces se pierde de vista los beneficios que esta representa para la economía estadounidense. Gran parte de quienes cruzan la frontera, especialmente los indocumentados, ocupan sectores específicos del mercado laboral de los cuales los americanos no están dispuestos a hacerse cargo. Y se trata evidentemente de actividades vitales para el funcionamiento y el bienestar del país.

Basta recordar la situación que, a modo de comedia, planteara la película “Un día sin mexicanos”, de Sergio Arau: ¿cómo se alteraría la vida del ciudadano promedio –especialmente en ciudades con fuerte presencia latina– si un día de pronto desaparecieran todos los “mexicanos”*? ¿Quién cosecharía la fruta, atendería en el restaurante, recogería la basura, plancharía la ropa, limpiaría los baños públicos, cuidaría a los niños? El mensaje de la película es claro: los inmigrantes latinos forman parte esencial de la economía de los Estados Unidos y, aunque su presencia pase desapercibida para la mayoría de americanos, su ausencia causaría tremenda inestabilidad en sus vidas.

* En la película se sugiere que para los americanos el gentilicio “mexicano” agrupa a todos los habitantes del continente americano al sur del Río Grande.

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